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De proyecciones psicológicas e irresponsabilidad social…

Uno de los términos psicológicos que más ha tenido éxito en la sociedad contemporánea es aquel de PROYECCIÓN, es decir, el movimiento psicológico en el que, en una relación, el sujeto proyecta sus “carencias” o su imagen de sí mismo en un otro cualquiera con el que ha formado un lazo comunicativo y psicológico. Y aunque tal término no sólo sea útil en psicología sino que además representa, para aquel que hace consciente la proyección, un dominio de una parte de sí mismo que ha condicionado su vida de manera inconsciente, el uso del concepto y de algunas de sus definiciones han cuajado en la sociedad de una forma un tanto extraña: se piensa que la proyección es aquello que hace que entremos en conflicto con los demás, pero, sobre todo, que es aquello que nos permite deshacernos rápido de un problema. El problema de tener que darle explicaciones al otro.

Y uno de los argumentos que esgrime la psicología de calle, quizá impregnada por el espíritu relativista, es que la intolerancia y la crítica siempre son una proyección del yo sobre el otro, de tal modo que el yo, en un movimiento inconsciente, siempre se juzga a sí mismo al juzgar a los otros. Este uso cotidiano de términos psicológicos no bien conocidos por la sociedad, tiene varias consecuencias nefastas para las relaciones humanas: por un lado, hace creer al sujeto que realiza el juicio que su punto de vista es inválido en tanto que, al emitir su juicio, se juzga a sí mismo, y… ¿quién es capaz de aceptar su proyección psicológica sin la consecuencia inmediata de ser intolerante contra sí mismo?; por otro lado, hace creer al sujeto objeto del juicio, que el punto de vista del otro es inválido en tanto que la proyección redirige el juicio del emisor al emisor mismo, de tal modo que el  receptor queda salvaguardado en la creencia de ser sólo objeto de una proyección y no parte de un circuito psicológico que se instancia en el momento mismo en que se forma el lazo social. Esto genera la creencia egocentrista de la autosuficiencia y elide la autocrítica, pues, en primer lugar, ciega al sujeto emisor, dado que relativiza su postura y le hace dudar de su sí mismo al subjetivizar en extremo sus argumentos, esto es, lo coloca en una posición donde no existe el diálogo y donde su interpretación de los hechos no tiene valor en sí, pues siempre está impregnada de la proyección de sí mismo, pero, por el otro, le hace creer al receptor que su posición en el circuito psicológico es intocable, es decir, que su participación en el diálogo es tan limpia y autónoma, que la crítica dirigida a él carece de fundamentos reales. Esto supone que el uso corriente de un término psicológico como el de la “proyección” (tú te proyectas en mí y por eso no me toleras), genera una ruptura no sólo en el circuito de habla sino en el circuito del lazo social: al emisor le obliga a dudar de sus propias interpretaciones y de su responsabilidad consigo mismo y al receptor le evita la pena de lidiar con la crítica y de su co-responsabilidad en el lazo social. Y, como este movimiento es recursivo, dado que el circuito de habla siempre convierte al sujeto en emisor y en receptor, es el mismo sujeto el que sufre las consecuencias de la ambivalencia: si la crítica al otro es inválida en tanto que autocrítica, este sujeto se convierte en el depositario del déficit en la comunicación y al mismo tiempo en el sujeto sin culpa, pues la crítica que le pueda dirigir algún otro, siempre es una proyección inválida: NO PUEDO HACER UN JUICIO, pues me proyecto, PERO TAMPOCO ME LO PUEDEN HACER A MI, pues se proyectan.

Esto hace que el sujeto tenga dos estados según su posición: o es aquel que carga con todo el peso psicológico de los problemas que surgen en el lazo social instaurado, o es aquel que va depositando todas las culpas en el otro, sin ver su corresponsabilidad en la aparición de tales cargas psicológicas. De hecho, esto produce un aislamiento comunicativo, porque lo categórico de tales posicionamientos evita lo dialógico. Si el dialogo se sostiene en la retroalimentación lingüística y psicológica, el sujeto que emite el juicio no encuentra una respuesta satisfactoria, pero aquel que recibe el juicio no encuentra tampoco una respuesta satisfactoria, porque la emisión, el signo lingüístico, se ha quedado en el aire: “no sé si es para ti o para mí” (diría el emisor) y “no hago caso a tu proyección” (diría el receptor). De tal modo, ambos van por la vida con dos creencias compatibles pero contrarias: uno no cree en sus propias interpretaciones y el otro no cree en su corresponsabilidad. ¿Cómo es que el sujeto, que es emisor y receptor según el momento en que se encuentre, puede validar su punto de vista desde esta perspectiva?, y, ¿cómo puede mejorar en sus relaciones sin ver que la crítica, aunque no tiene que ser totalmente verdadera, sí es parcialmente la imagen que le presenta al mundo? Más aún, la proyección psicológica supone que el encuentro entre dos sujetos nunca es casual, que ambos se proyectan de tal modo que sus déficits psicológicos embonan como un rompecabezas, es decir, que ambos son proyecciones del otro y que las críticas, aunque son auto dirigidas, también le muestran al otro su problema, lo desnudan y le dicen: esta es tu responsabilidad en el lazo social que hemos instaurado.

Si el sujeto dejará de pensar que todo es una proyección –que, ¡oh paradoja!, sólo se logra al reconocer y descifrar la proyección propia−, podría discriminar lo propio de lo ajeno, pues, en primer lugar, podría validar su propio posicionamiento de modo tal que su ego ponga coto a la crítica del otro, es decir, el sujeto podría entrever en el tejido del discurso del otro aquello que no le pertenece de aquello que sí. Y es que es en el discurso en el que podemos descubrir nuestras intenciones, nuestros deseos y nuestras carencias, pues en lo que decimos y en lo que pedimos es en donde mezclamos nuestras intenciones −lo que queremos para el otro y del otro−, y nuestros vacíos −lo que queremos que el otro llene de nosotros−. Y esa es la magia de aceptar las proyecciones, aun cuando no conozcamos la propia, pues si entramos en el dialogo con la intención de comprendernos (tanto a nosotros mismo como a los demás), rápidamente se puede descubrir la injusticia de pensar una relación con el “yo todo lo hago bien”.

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