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El reto Donald Trump

Sin duda alguna lo que se vive hoy en el mundo, con la llegada de Donald Trump a la presidencia norteamericana, son un sinfín de cuestionamientos: ¿qué significa la llegada de Trump?, ¿hasta dónde puede llegar su política de reacción contra los principios liberales?, ¿un empresario puede manejar un país con la envergadura de EUA?, ¿qué nos depara a los países que vivimos mamando leche de las ubres de la vaca norteamericana? Para responder a estas preguntas es necesario decir una cosa: vivimos en un mundo de libertad irreversible. Y a lo que me refiero con esto, es que se ha llegado tan lejos en el proceso de globalización, que es difícil que unos cuantos hombres logren desbaratar este sistema. Y no sólo porque estos nuevos personajes ultra conservadores que se han venido a reproducir en estos tiempos tienen que moverse en un contexto internacional hipercomplejo, sino porque existe un huracán imparable, la conectividad global, que los pone en el ojo de todos los medios del mundo y que les va a mostrar que no es fácil mantener el poder que, así como llega , también puede irse inesperadamente.

Donald Trump es representante y portavoz de un mundo colapsado: el de la MODERNIDAD. A sus 70 años, Trump es la imagen de esa generación que vivió la transición de una época económica de industrias internacionales, sobre la que EUA cimentó su colonización cultural mundial, a una época digital que ha venido a remover el sistema económico, social, político, cultural, etc., y que, en la sociología contemporánea, se ha venido a denominar POSMODERNIDADNuestro tiempo es el tiempo de la transición, porque aunque el concepto de POSMODERNDAD va y viene por el mundo cultural como moneda de cambio, lo cierto es que ni siquiera es una época consolidada. Lo sabemos. Existe un amplio sector de la población mundial que no goza de los avances tecnológicos que han puesto en jaque al sistema de la modernidad pasada, pero es indudable que, como en la época en que el libro era un lujo que algunos cuantos podían presumir, eso va a cambiar. Y lo hemos vivido. La expansión a más sectores de la población de tales tecnologías ha supuesto una revolución cultural que, precisamente, los viejos integrantes de la modernidad de la posguerra ven con horror y sobre la que tejen sus discursos xenófobos y antiglobalizantes. De hecho, Trump es una paradoja: es la generación que cimentó su crecimiento económico en los movimientos internacionales, es decir, los que dieron los primeros pasos a la globalización, y que, viendo el horror que han desatado, quieren echarse para atrás y aferrarse a los “valores” culturales que han olvidado en el camino. Pero, ¿qué valores enarboló la MODERNIDAD que estos nuevos personajes puedan defender? Trump representa esos valores: es un empresario inescrupuloso arrepentido de abrir las puertas a una globalización imparable y que, en un último esfuerzo, va a intentar detener lo inevitable mediante un discurso vacío de nacionalismos baratos que se acabaron tras las Guerras Mundiales. Y no es que no puedan resurgir tales nacionalismos. ES QUE EL NACIONALISMO ES UN DISCURSO QUE LA MODERNIDAD, a la que pertenece Trump, COMENZÓ A DESBARTAR Y QUE, PARA LA POSMODERNIDAD, DEJA DE TENER VALOR, NO POR INEXISTENTE, SINO PORQUE AHORA SE CONFORMA DE PALABRAS VACIAS Y PREHISTÓRICAS QUE NO TIENEN NADA QUE VER CON NUESTRO TIEMPO.

Naturalmente al hablar de Trump sólo lo hago por referirme a un hecho concreto, pero esto también explica el Brexit, los movimientos a favor de la familia natural, los fracasos por reintentar sistemas basados en las viejas políticas de la modernidad, los resultados en el referéndum colombiano. Es decir, entramos en la época en que estos fenómenos van a surgir pero que, si la inercia histórica lo permite, no van a trascender. Porque es una generación vieja y en decadencia que, inevitablemente, tendrá que cederle el lugar a la generación milennial. Los viejos mueren y los jóvenes viven. Y es ahí donde, a pesar del daño que pueda causar la llegada de Trump a la presidencia, conviene detenerse a pensar si verdaderamente este hombre tendrá el poder suficiente para trastocar la política internacional de tal manera que estemos ante un retroceso de proporciones bíblicas. Naturalmente sus decisiones tendrán un impacto internacional importante, pero, como lo vemos en un nivel local, podría ser que Trump vea que, en la época posmoderna, no es tan fácil triunfar con un discurso y una política atada a las viejas usanzas. Y hay que sumarle a tal ambiente cultural una política mundial muy delicada cuyo equilibrio, con cualquier mala decisión, puede dar al traste con la hegemonía norteamericana, por lo que es muy probable que todo su equipo y su partido mismo vayan a tener un papel preponderante en el modo en que este hombre va a conducirse.

Y no se diga de la oposición, en la que quiero detenerme un poco más. Porque una de las cosas que más deben destacar de la investidura presidencial de Trump, es que su triunfo es un triunfo más bien político, pero no un triunfo social. Es el sistema el que le dio el poder y no los votos de la sociedad, porque, como ya se ha dicho mucho, fue Hilary Clinton la que obtuvo la mayoría de votos netos. Entonces Trump llega ya de por sí debilitado a la presidencia –su triunfo tiene cierta analogía irónica con la investidura de Enrique Peña Nieto, cuyo fracaso es ya muy evidente−; su avance político se verá seriamente condicionado por la oposición de una sociedad que no lo quería en la banca presidencial, y este lastre puede ir aumentando con el paso del tiempo, dado que, como él mismo tendrá que comprobar, hacer campaña política es muy fácil: vender discursos, hacer contratos –nuevamente te lo firmo y te lo cumplo−, etc., pero gobernar y manejar los hilos tan delicados de la paz nacional y mundial es otra cosa. Veremos si su lengua, que ha demostrado ser más rápida que su capacidad de perspectiva, es lo suficientemente certera para sortear todos esos obstáculos que tendrá que saltar para cumplir una agenda demasiado ambiciosa y retrograda en una sociedad que ya no es la de su juventud.

Lo que sí puede pasar, y que tienes su polo negativo y positivo, es lo siguiente: que la hegemonía norteamericana se vea mermada con el paso de los años en que Trump estará en el poder. Y esto tiene su lado bueno: la libertad de nosotros, sus vecinos, que hemos sufrido de manera permanente, el peso de los tentáculos omnipresentes de EUA. Desde hace muchos años, o quizá nunca, había habido un presidente norteamericano cuyo interés en nuestro país fuera tan nulo. Las partes malas, sin embargo, se reflejaran en un panorama internacional sumamente movible que quizá se traduzca en una reconstitución geopolítica: nuevas alianzas, fortalecimiento de competidores, nuevos tentáculos que querrá apoderarse de los sectores que EUA deje libres y, es ahí, donde asistiremos quizá a una lucha encarnizada –que puede traducirse, sí, en guerra− para conquistar estos puntos vulnerables del mundo. México, desgraciadamente, es uno de ellos. Y esto reta a nuestro país a reconsiderarse. ¿Qué vamos a hacer con nosotros mismos sin esa presión tentacular?

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