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Sanitary time: from PRI to Donald Trump

I would like to say something that, maybe, is not going to be seen well by American people but which, I´m afraid, is true: the presidential situation in the United States is similar from that of Mexico in 2012, with its exceptions of course. Is similar because it seems to be a historical retrogression and a defeat of a “progress time” represented by Barack Obama. The same as we started with the PRI’s return to the political power in 2012, EUA has started a period that I would like to name a sanitary time, I mean, one last chance for the old regimen to show us that is obsolete. In Mexico, we are living, since that 2012, a transition that have been demonstrating that our attachment to the old strategies which PRI represents has to end, and that we have to search for a new form to make politic. Our horizon is not clear, because although we have options for making a change in 2018, we have to recognize that perhaps our options are not the best and that they could represent, in a different way, the same useless political methodologies. Moreover, this is not, only, a political problem, is, maybe the most, a cultural and sociological problem, which is global.

Globalization is an unstoppable phenomenon. And the efforts to go back at that time when the nation limits were clear are, if not childish, at least laughable. This is necessary to say, because we are witnessing not an incomprehensible electoral decision, as it might be seen at the surface, but, more precisely, an unstable social reaction to our time, characterized by a destruction of all the discourses that built not only western culture but also modernity. This is why is very symptomatic that the word “retrogression” is used to described Trump’s triumph as it was used to describe PRI’s return, because retrogression, in these cases, I think, doesn´t mean the same as it could mean before the seventies: our belonging to the informatics revolution make absolute retrogression impossible. Therefore those antiquate powers are under the eye of the global community and pressed by the greater and greater size of the new economies that, obviously, want to rule the world. This is something that American people appeared to forget when they decided that Donald Trump’s speeches reflect exactly what is needed to do to make great America again, just as same as Mexican people appeared to forget when decided that PRI’s return could stabilize again our country just because they have more than 70 years of experience. Mexico forgot that those years of experience were before the informatics revolution and EUA forgot that Donald Trump’s speeches were valid before the informatics revolution.

In Mexico, Enrique Peña Nieto has been so inadequate to manage the situation that almost all predictions suggest that, in 2018, the shift of power is inevitable. I think this is going to be the same scenario in the United States for the next four years: Donald Trump is going to show us that strategies from the international companies’ period are not acceptable anymore. In our time, international and transatlantic power is replaced by global, digital and local power, which challenges companies that hold his power in monopolistic and centralistic practices –we need to keep in mind that Trump’s strategies are more like business practices than political ones−. This made a political plan based on an old dream of America only for the Americans unfeasible. We will see if these speculations are true or we are really facing a real retrogression with the presidential inauguration of Donald Trump, even though I put all my hopes in historic inertia, which so many times has demonstrated that cultural revolutions are imperceptible but inexorable.

(I’LL BE THANKFUL IF POINT OUT GRAMMATICAL ERRORS FROM THIS PAPER)

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El reto Donald Trump

Sin duda alguna lo que se vive hoy en el mundo, con la llegada de Donald Trump a la presidencia norteamericana, son un sinfín de cuestionamientos: ¿qué significa la llegada de Trump?, ¿hasta dónde puede llegar su política de reacción contra los principios liberales?, ¿un empresario puede manejar un país con la envergadura de EUA?, ¿qué nos depara a los países que vivimos mamando leche de las ubres de la vaca norteamericana? Para responder a estas preguntas es necesario decir una cosa: vivimos en un mundo de libertad irreversible. Y a lo que me refiero con esto, es que se ha llegado tan lejos en el proceso de globalización, que es difícil que unos cuantos hombres logren desbaratar este sistema. Y no sólo porque estos nuevos personajes ultra conservadores que se han venido a reproducir en estos tiempos tienen que moverse en un contexto internacional hipercomplejo, sino porque existe un huracán imparable, la conectividad global, que los pone en el ojo de todos los medios del mundo y que les va a mostrar que no es fácil mantener el poder que, así como llega , también puede irse inesperadamente.

Donald Trump es representante y portavoz de un mundo colapsado: el de la MODERNIDAD. A sus 70 años, Trump es la imagen de esa generación que vivió la transición de una época económica de industrias internacionales, sobre la que EUA cimentó su colonización cultural mundial, a una época digital que ha venido a remover el sistema económico, social, político, cultural, etc., y que, en la sociología contemporánea, se ha venido a denominar POSMODERNIDADNuestro tiempo es el tiempo de la transición, porque aunque el concepto de POSMODERNDAD va y viene por el mundo cultural como moneda de cambio, lo cierto es que ni siquiera es una época consolidada. Lo sabemos. Existe un amplio sector de la población mundial que no goza de los avances tecnológicos que han puesto en jaque al sistema de la modernidad pasada, pero es indudable que, como en la época en que el libro era un lujo que algunos cuantos podían presumir, eso va a cambiar. Y lo hemos vivido. La expansión a más sectores de la población de tales tecnologías ha supuesto una revolución cultural que, precisamente, los viejos integrantes de la modernidad de la posguerra ven con horror y sobre la que tejen sus discursos xenófobos y antiglobalizantes. De hecho, Trump es una paradoja: es la generación que cimentó su crecimiento económico en los movimientos internacionales, es decir, los que dieron los primeros pasos a la globalización, y que, viendo el horror que han desatado, quieren echarse para atrás y aferrarse a los “valores” culturales que han olvidado en el camino. Pero, ¿qué valores enarboló la MODERNIDAD que estos nuevos personajes puedan defender? Trump representa esos valores: es un empresario inescrupuloso arrepentido de abrir las puertas a una globalización imparable y que, en un último esfuerzo, va a intentar detener lo inevitable mediante un discurso vacío de nacionalismos baratos que se acabaron tras las Guerras Mundiales. Y no es que no puedan resurgir tales nacionalismos. ES QUE EL NACIONALISMO ES UN DISCURSO QUE LA MODERNIDAD, a la que pertenece Trump, COMENZÓ A DESBARTAR Y QUE, PARA LA POSMODERNIDAD, DEJA DE TENER VALOR, NO POR INEXISTENTE, SINO PORQUE AHORA SE CONFORMA DE PALABRAS VACIAS Y PREHISTÓRICAS QUE NO TIENEN NADA QUE VER CON NUESTRO TIEMPO.

Naturalmente al hablar de Trump sólo lo hago por referirme a un hecho concreto, pero esto también explica el Brexit, los movimientos a favor de la familia natural, los fracasos por reintentar sistemas basados en las viejas políticas de la modernidad, los resultados en el referéndum colombiano. Es decir, entramos en la época en que estos fenómenos van a surgir pero que, si la inercia histórica lo permite, no van a trascender. Porque es una generación vieja y en decadencia que, inevitablemente, tendrá que cederle el lugar a la generación milennial. Los viejos mueren y los jóvenes viven. Y es ahí donde, a pesar del daño que pueda causar la llegada de Trump a la presidencia, conviene detenerse a pensar si verdaderamente este hombre tendrá el poder suficiente para trastocar la política internacional de tal manera que estemos ante un retroceso de proporciones bíblicas. Naturalmente sus decisiones tendrán un impacto internacional importante, pero, como lo vemos en un nivel local, podría ser que Trump vea que, en la época posmoderna, no es tan fácil triunfar con un discurso y una política atada a las viejas usanzas. Y hay que sumarle a tal ambiente cultural una política mundial muy delicada cuyo equilibrio, con cualquier mala decisión, puede dar al traste con la hegemonía norteamericana, por lo que es muy probable que todo su equipo y su partido mismo vayan a tener un papel preponderante en el modo en que este hombre va a conducirse.

Y no se diga de la oposición, en la que quiero detenerme un poco más. Porque una de las cosas que más deben destacar de la investidura presidencial de Trump, es que su triunfo es un triunfo más bien político, pero no un triunfo social. Es el sistema el que le dio el poder y no los votos de la sociedad, porque, como ya se ha dicho mucho, fue Hilary Clinton la que obtuvo la mayoría de votos netos. Entonces Trump llega ya de por sí debilitado a la presidencia –su triunfo tiene cierta analogía irónica con la investidura de Enrique Peña Nieto, cuyo fracaso es ya muy evidente−; su avance político se verá seriamente condicionado por la oposición de una sociedad que no lo quería en la banca presidencial, y este lastre puede ir aumentando con el paso del tiempo, dado que, como él mismo tendrá que comprobar, hacer campaña política es muy fácil: vender discursos, hacer contratos –nuevamente te lo firmo y te lo cumplo−, etc., pero gobernar y manejar los hilos tan delicados de la paz nacional y mundial es otra cosa. Veremos si su lengua, que ha demostrado ser más rápida que su capacidad de perspectiva, es lo suficientemente certera para sortear todos esos obstáculos que tendrá que saltar para cumplir una agenda demasiado ambiciosa y retrograda en una sociedad que ya no es la de su juventud.

Lo que sí puede pasar, y que tienes su polo negativo y positivo, es lo siguiente: que la hegemonía norteamericana se vea mermada con el paso de los años en que Trump estará en el poder. Y esto tiene su lado bueno: la libertad de nosotros, sus vecinos, que hemos sufrido de manera permanente, el peso de los tentáculos omnipresentes de EUA. Desde hace muchos años, o quizá nunca, había habido un presidente norteamericano cuyo interés en nuestro país fuera tan nulo. Las partes malas, sin embargo, se reflejaran en un panorama internacional sumamente movible que quizá se traduzca en una reconstitución geopolítica: nuevas alianzas, fortalecimiento de competidores, nuevos tentáculos que querrá apoderarse de los sectores que EUA deje libres y, es ahí, donde asistiremos quizá a una lucha encarnizada –que puede traducirse, sí, en guerra− para conquistar estos puntos vulnerables del mundo. México, desgraciadamente, es uno de ellos. Y esto reta a nuestro país a reconsiderarse. ¿Qué vamos a hacer con nosotros mismos sin esa presión tentacular?

El gasolinazo mexicano y la Ford de Trump

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Foto cortesía de Nación 321

La situación actual del país me hacer recordar aquellos años antes de la Independencia y la Revolución Mexicana en que el descontento se hacía, poco a poco, cada vez más evidente. Y, como en ese entonces, las clases en el poder ignoraban los signos de lo que se avecinaba. Ciertamente, en esta época es difícil predecir la posibilidad de un estallido social: hemos estado tan cerca de éste y, en pocos días, hemos visto como rápidamente se desvanece; lo que es indudable, sin embargo, es que este país nos huele a descontento, a hartazgo de la clase política y a ansia de cambio. El gasolinazo del que todos los mexicanos sabíamos y con el que recibimos este año que comienza vuelve a poner el dedo en la llaga: México se está convirtiendo en un polvorín que nos sorprende con estallidos inesperados. Llevamos tres días con carreteras cerradas, toma de gasolineras, saqueos, vandalismos, consignas, marchas y un sinfín de conflictos localizados que se extienden a lo largo de la república y que le toma el pulso a los ciudadanos. Pero, ¿qué significa el gasolinazo y por qué es preocupante?

No soy un experto en política, pero el ambiente en el que se desarrollará la economía mexicana los próximos años es oscuro. El ascenso de Trump al poder y la política económica de Peña Nieto nos ponen en una posición desfavorable. Y es que la política pragmática y abierta del presidente mexicano abre las puertas a, digámoslo así, la inversión extranjera que, según los cálculos de la actual administración, permitiría un mayor flujo de capital en la población que, en consecuencia, aumentaría su calidad de vida y su nivel de poder adquisitivo, lo que, en teoría, debería traducirse en estabilidad política, contento social y nuestra entrada al primer mundo. Sin embargo, al mismo tiempo, hemos asistido al ascenso en el primer mundo de una clase política xenófoba que quiere concentrar su esfuerzos en consolidar e iniciar un camino nacionalista y proteccionista que frene el fenómeno que ya viene presentándose desde algunos años: el conflicto de poder mundial que supone la emergencia de nuevas potencias y que genera una sensación de caos y de inestabilidad que, naturalmente, aterra a las sociedades que ven disminuir su poder e influencia en el mundo.

Justo a un día de las protestas del gasolinazo, se hace viral la noticia de que la empresa automotriz Ford cancela una inversión de 1,600 millones de dólares. Vivimos en una paradoja. Un país que se abrió al extranjero, gracias a una política neoliberal priista, mira como, el principal beneficiado del TLC, Estados Unidos, se retira auspiciado por una administración emergente que va a poner en jaque muchas de las inversiones exteriores que se esperaban en el país. Es en este contexto en el que el gasolinazo debe preocuparnos a todos, porque no sólo está poniendo en evidencia que el poder adquisitivo de los mexicanos no ha visto los beneficios que la administración peñista había proyectado, sino que, además, ahora la población mexicana tendrá que enfrentarse al hecho de que, al concentrarse en el capital externo y en los beneficios a corto plazo, el capital interno que sustentaría la posibilidad de una competencia justa es inexistente. México no tiene un mercado interno fuerte, no existe un desarrollo tecnológico constante, ¡vaya!, no existe ni siquiera desarrollo tecnológico, las empresas mexicanas, entre ellas PEMEX, no tienen la capacidad tecnológica ni de mercado para enfrentarse al tú por tú con empresas extranjeras que mueven sus hilos en un nivel transnacional y no nacional −empobrecido− como PEMEX. El gasolinazo, por ende, nos obliga a plantearnos más preguntas: sin la inversión esperada del extranjero, ¿cómo va a mejorar el poder adquisitivo de los mexicanos?, y, si las gasolineras extranjeras entran al mercado interno, ¿cómo afectará esto a PEMEX y a la competencia de precios?, ¿PEMEX está preparado para hacer frente a una producción que no sólo puede resultar más barata sino también más rápida, más eficiente, y que brinde una sensación de modernidad de la que PEMEX carece?, si esto pasa con PEMEX, ¿qué les espera a los otros mercados?, más aún, ¿fue una buena estrategia abrir el mercado interno al extranjero, debilitando sus virtudes y potenciando sus defectos, sin haber medido el pulso político que guiaría las sorprendentes elecciones en EUA, Colombia, UK, etc.?

El gasolinazo también nos enseña que lo que empezó con descontentos muy localizados como el EZLN en Chiapas y que luego se potencializó con las autodefensas, con las protestas multitudinarias tras la desaparición de 43 normalistas y el gran desasosiego que el crimen organizado ha hecho pulular por el país desde hace años, ahora toca sectores mucho más heterogéneos: ¿quién protesta por los gasolinazos?… aquellos que tienen un auto: la clase media que, en los conflictos anteriores, no se había identificado o que ni siquiera se había preocupado por esos problemas que parecían muy alejados de su realidad. Ni siquiera es el sector estudiantil, que fue el más indignado por la desaparición de los normalistas. La heterogeneidad del descontento debería poner en guardia a la clase política, ya que la inestabilidad en el país podría agravarse si es que se da el caso del aumento en los productos de necesidades básicas: los alimentos; y si algo nos ha enseñado la historia es que un pueblo con hambre es un pueblo rabioso y listo para el ataque.