La existencia de Dios (reflexión)

Existe una cita de Carl Gustav Jung que es pardójica:

“Todas las épocas anteriores a la nuestra creyeron en dioses, de una u otra forma. Sólo un empobrecimiento sin parangón del simbolismo podía permitirnos descubrir que los dioses son factores psíquicos, es decir, arquetipos del inconsciente. Es indudable que este descubrimiento resulta aún difícil de creer. ” 1

Y digo paradójica porque como lingüista es interesante mirar, otra vez, como caemos en la trampa del lenguaje…  Una de las implicaciones de tal pasaje, me parece, es esa en donde de una manera velada se vuelve a afirmar lo que nuestra sociedad enarbola como axioma cultural: la inexistencia física o metafísica de la divinidad. Si los dioses son psíquicos, ¿existen? Y nos resulta paradójico que un hombre cono Jung, individualidad excéntricamente mágica en una época de extrema racionalidad, parezca rendirse nuevamente ante tal axioma aun a sabiendas de lo tramposa que puede ser una afirmación de esta envergadura (y aquí supongo su conocimiento de las trampas del lenguaje).

Pero, ¿por qué?, ¿por qué se cae nuevamente en la trampa del discurso?, ¿por qué es engañosa la afirmación de la inexistencia metafísica –ya no digamos física− de la divinidad? Existen, considero, cosas que siempre escapan al discurso… en realidad, la mayoría de las veces el discurso es el que nos parece tan reducido, que creo más adecuado decir que es siempre el discurso el que intenta imponer un corsé de fuerza a la realidad que es, en contraposición, inabarcable e indomable. Y es esa sutileza, la sutileza de creer que un discurso ha agotado las posibilidades, la que nos hace dar esos resbalones, pues ningún discurso, sea cual sea su extensión, su comprobabilidad empírica, su utilidad social, etc., puede dar cuenta de lo inabarcable de lo real.

Sin meterme en esa discusión un tanto estoica y hasta cierto punto interminable de si lo real existe objetiva o subjetivamente, permítaseme la licencia de decir que lo real es eso que esta fuera de nosotros mismos (pero, donde también nosotros somos reales porque formamos parte de lo que está fuera de un otro); todo ese entorno complejo, que va más allá de mi colonia, más allá de la tierra, más allá del sistema solar, más allá del universo, más allá de lo que no sabemos si es universo o no, más allá de la duda de lo que existe más allá, todo eso es, dígamoslo temarariamente, LO REAL. Sin emabrgo, también es cierto que lo que ha venido a demostrar la historia, la psicología y los estudios de la mente, es que el constructo de lo real a nivel “subjetivo” lo utilizamos para movernos en todo aquello que es realidad “objetiva”. Es por ello que en realidad no perdemos nada, PORQUE LO ÚNICO QUE QUIERO DECIR Y RESCATAR ES QUE EL DISCURSO ES SIEMPRE ESA REALIDAD SUBJETIVA QUE IMPONEMOS A LO INABARCABLE Y A VECES INCOGNOSCIBLE DE LA REALIDAD “OBJETIVA” QUE NOS SOBREPASA.

Y lo dicho anteriormente es lo que pone en tela de juicio cualquier afirmación sobre la inexistencia de la divinidad. Somos seres inmiscuidos en la creación, formamos parte de ella, somos, en términos generales, objeto en el objeto, caminamos y vivimos en esa realidad objetiva que nos sobrepasa. Haciendo uso de una metáfora un tanto cuestionable y arbitraria, estamos a ciegas en cuanto a lo que pasa más allá de ese objeto en el que nos movemos (de ahí que la ciencia tenga siempre un límite: el límite de lo que es empirícamente comprobable). Y el querer comprobar la existencia o inexistencia de la divinidad supone un movimiento imposible, en términos epistemológicos, de nuestra posición de objeto en el objeto.

Pensemos, hipotéticamente, que existe una divinidad y que todo la realidad “objetiva” es su creación, pensemos que esta divinidad X tiene en su poder un Y (la realidad objetiva) en donde estamos nosotros insertos como entidades Z; el movimiento requerido para comprobar la existencia o inexistencia de X es que Z –que duda de tal existencia o inexistencia porque su campo de visión se reduce a Y− se mueva fuera de la escena en la que X tiene en su poder a Y o en donde, alternativamente, Y no existe en relación con un X (que supondría la comprobación de la inexistencia de la divinidad). Es decir, tendríamos que salir de Y, la realidad inmediata en la que nos movemos –cuya naturaleza en términos científicos no alcanzamos todavía a comprender−, para posteriormente salir del ámbito en el que X y Y “posiblemente” se relacionan para convertirnos en un Z’ que valúa si existe o no tal relación. Y esto considerando que X sea una divinidad diferenciada de Y (visión trascendente de la divinidad) y no que sea parte consustancial de Y (visión inmanentista de la divinidad), donde la complejidad radica en que Z, que reside en el interior de X-Y, tiene la obligación, para comprobar la existencia o inexistencia de X, de distinguir aquello que es X de aquello que es Y, pero como X y Y son inmanentes, por default, es imposible saber si, siquiera, existe una diferenciación, aún más, darla por sentada es asumir la existencia de X; y, en términos todavía más peligrosos, ¿cómo distinguir entre Z, que por su estar en X-Y es, por default, X-Y, de X-Y? Ni siquiera estaríamos en posición de afirmar que nosotros no somos X.

Lo que sí estamos en posición de asumir, con plena conciencia, es que si aceptamos o no la existencia de la divinidad, debemos vivir en consonancia con cualquiera de tales elecciones, es decir, debemos ASUMIR UN DISCURSO QUE EXPLIQUE NUESTRA RELACIÓN CON LA REALIDAD. Pero cualquiera de esos discursos es UNA IDEOLOGÍA, porque es imposible comprobar ya sea experiencial o físicamente la existencia o no existencia de la divinidad; es un constructo discursivo en el que permitimos que la existencia o inexistencia de la divinidad forme parte de nuestra organización del mundo. El peligro, como sucede en la afirmación de Jung, reside en dar por descontada esa imposibilidad epistemológica de conocer la existencia o inexistencia de la divinidad. Desde el terreno de la psicología, incluso, deberíamos preguntarnos si no los arquetipos también son constructos psico-discursivos casi prehistóricos que se imponen sobre el mundo y que permiten categorizarlo y enmarcarlo de manera inconsciente, pero que no por ello dejan de ser maleables y mutables, ya que representan partes de la psique, pero, al final, no son la psique en sí misma sino el modo en que ésta se representa a sí misma. Naturalmente existen lazos entre la realidad y el arquetipo imposibles de cambiar, ¿pero son así de estables?, ¿la realidad psicológica de la divinidad es una negación inmediata de la existencia en la realidad de la divinidad?, ¿la realidad psicológica de la divinidad, si se acepta la existencia real de ésta, es la descripción fiel de la divinidad misma?, ¿la sola integración de lo masculino y lo femenino en la realidad psicológica del individuo se traduce inmediatamente en un conocimiento pleno de la divinidad?, y si el hecho de considerar a la divinidad como masculina y femenina a la vez está condicionado por la realidad psíquica que a su vez es una traducción psicológica de lo real, ¿qué validez tiene entonces cualquier discurso que está empañado por esa interrelación entre la psicología del individuo y la realidad misma que lo sobrepasa?

1. JUNG, C. Obras Completas, vol. IX, pág.72. En Edward C. Whitmont (1998), El retorno de la diosa. El aspecto femenino de la personalidad, Paidós, p. 31.

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